Critica. LOS INFILTRADOS

(“The Departed”) Estados Unidos, 2006.
Dirección: Martin Scorsese.
Guión: William Monahan, basado en la película “Infernal Affairs”, de Andrew Lau y Alan Mak.
Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Matt Damon, Jack Nicholson, Mark Wahlberg, Martin Sheen, Ray Winstone, Vera Farmiga, Alec Baldwin.
Por Javier Califano.
En los últimos años, la filmografía de Scorsese atravesó un período de incertidumbre e inconvenientes que lo alejó de su naturaleza misma, es decir, de su identidad cinematográfica… Aquella que le procuró un merecido lugar en la meca del cine.

Por eso, puede decirse que la vertiginosa y paranoica lucha del protagonista de su nuevo film, el policía Billy Costigan, entregando todo, su vida si es necesario, por su identidad robada… representa la contienda de Scorsese y su identidad perdida. De alguna forma, los espejos de la realidad y la ficción, de creador y personaje, son la rúbrica de un film como “Los infiltrados” que presenta el espejo de Martín Scorsese/ Billy Costigan, el policía infiltrado.

Scorsese es sinónimo del cineasta de espíritu independiente que personifica y aporta una corriente de frescura, astucia e ingenio a la gran industria Hollywood; un realizador capaz de divertirse en consentir un cine de categoría dentro de los parámetros de la industria, pero sin perder de vista el atractivo de entretenimiento yuxtapuesto a un cine concebido como manifestación artística.

Sus últimos “experimentos” en la pantalla, aún hoy escapan a toda categorización posible ya que el desconcierto planteado en “Pandillas de New York” y “El Aviador” es tal, que nunca terminarían de definir sus intenciones, buenas en primera instancia, pero libradas al azar.

Desde hace algún tiempo, el brío patriótico de Martín Scorsese procuró dejar huella en el cine, no por su ya reconocido oficio de narrador y realizador sino por su obstinación en narrar la más grande historia (alegórica o referencial) de los Estados Unidos, jamás contada. De este modo, fue como -en un primer término- apareció “Pandillas de New York”, un producto de industria con atisbos de genialidad, pero con el sello personal de un Scorsese algo diluido.

“Pandillas de New York” proponía homenajear el espíritu de lucha de todos los inmigrantes que con esfuerzo y trabajo hicieron grande a una nación… pero, en cambio, la fuerza de las calles y los bajos mundos hicieron mella en un film que a medio camino cambiaría radicalmente sus objetivos para narrar la gesta del hampa regional y sindical de Los Estados Unidos.

En tanto que el más desbaratado e insondable de sus trabajos fue “El Aviador”, la historia del magnate industrial y cineasta Howard Hughes, un film impetuoso que buscaba acercarse al “Ciudadano Kane” y a su vez retratar el período de ascensión de los Estados Unidos como potencia mundial, a través de la vida de uno de sus más ilustres referentes.

Pero la revancha de un gigante que había caído de rodillas llegaría con un proyecto nacido como la remake de un policial de Hong Kong (“Infernal Affaires”, 2002). Lejos de realizar una copia fiel o inspirada en el film de Andrew Lau y Alan Mak, la idea de Martín Scorsese y William Monahan consistía en barajar los preceptos originales del film e indagar, en ese material ajeno, varias claves en las cuales el realizador podría moldear sus mitologías urbanas, con las cuales expresar las disyuntivas morales de personajes determinados por su entorno, aquellos que han marcado la obra de Scorsese.

Scorsese anhela reencontrarse con la mitología urbana, ese universo personal que desde hace algún tiempo se encontraba a la deriva y lejos del candor de su deidad suprema. En “Los Infiltrados”, los Dioses y los Demonios vuelven, impregnados de su más reluciente arrogancia, a vagar y, a sus vez, a ser los dueños de las calles.

“Los infiltrados” parece retratar el mito de los espejos que distorsionan su reflejo o ,más precisamente, rindiendo pleitesía a Jano, el dios bifronte con sus dos caras opuestas y complementarias, aquellas que representan el sádico y cínico Sullivan (Matt Damon) y Billy Costigan (un DiCaprio que con Scorsese deja de ser estrella y se transforma en actor). En esta ocasión, Scorsese no refiere tan sólo al mundo del hampa y a sus pintorescos referentes, sino que estudia con el mismo ahínco el mundo corporativo de la justicia y sus representantes, que desdibujan las líneas del bien y el mal y escapan a los límites de la justicia y el honor.

Billy Costigan es un novato policía de Boston, quien toma la peligrosa misión de infiltrarse en la banda mafiosa de Frank Costello. Lo que Billy desconoce es que Costello ha infiltrado a uno de sus hombres en el seno de la policía estatal, más precisamente a Sullivan, su hijo pródigo. El ambicioso Sullivan, motivado por intereses personales, más allá de su lealtad a Costello, está siguiendo la pista del informante para develar su identidad.

Es necesario mencionar que también hay un manifiesto semblante en el film que ofrece una notoria lectura subliminal de las relaciones familiares, aún fuera del núcleo mismo de la conocida “familia como institución” , con personajes que respaldan y resguardan a sus protegidos como es el caso del lado de la mafia irlandesa y su salvaje autoridad, el siniestro Frank Costello (Jack Nicholson) impartiendo la tutela de hierro con Sullivan (Matt Damon), en tanto que el atormentado Costigan (Leonardo DiCaprio) es un personaje a punto de colapsar por la paranoia y la tensión creciente entre lealtades y traiciones. Costigan es amparado, aconsejado y alentado por el Capitán de policía Queenan (Martin Sheen), quien lo impulsará y motivará a seguir adelante en su suicida y audaz labor.

La incertidumbre de figuras familiares crece y se bifurca con temibles figuras que secundan a estos padres/líderes/jefes, personajes que responden como hijos mayores, hombres de confianza y lealtad, como la figura de Mr. French (Ray Winstone) que será similar al Teniente Dignam (Mark Wahlberg).

“Los Infiltrados” representa para Martin Scorsese el reencuentro con los filmes que llevan marcado a fuego su rúbrica personal, con personajes acostumbrados a sobrevivir a un mundo en decadencia, que por más que les pese es su mundo y a él pertenecen.

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